Mostrando los 3 resultados
TIPO
- CineCine 3
FILTRAR POR GÉNERO
FORMATO
- DVDDVD 3
IDIOMA
Director
Price
CATEGORÍAS
- Accessories 3
- GÉNERO 3118
- Acción / aventuras / artes marciales 1028
- Animación / Anime 123
- Asiatico 109
- Bélico 190
- Ciencia ficción / SCI FI 333
- Clasico 809
- Comedia 640
- Contemporáneo / moderno 127
- Documental 24
- Drama 1610
- Erótico / adultos 23
- Europeo 701
- Infantil 174
- Musical 144
- Religioso 69
- Romance 418
- Social / político 552
- Super héroes y comics 74
- Terror 474
- Thriller/ Policíaco 1069
- Western 149
- IMPORTACIÓN 71
- NOVEDADES 667
- PREVENTA 106
Shôchiku
EL DEMONIO
Género
Intriga. Drama | Familia
Sinopsis
La antigua amante de un hombre se presenta un día en casa de éste y de su actual mujer, con sus tres hijos y desaparece, abandonando así a los tres niños. Para ella, es una venganza y una forma de darle una lección a este hombre que considera irresponsable. Esta situación inesperada no le gusta nada a la esposa legítima, que empieza a sentir un odio incontrolable hacia los niños y piensa hacerlos desaparecer del todo..
(Yoshitaro Nomura, 1978)
CRITICAS
Siniestra y brutal. Estos son los primeros calificativos que se me vienen a la cabeza después de ver esta película.
Un humilde trabajador de imprenta recibe en su casa la visita de su amante y sus tres hijos, en medio de la noche la madre se marcha y deja a los niños con su padre. La mujer de este, uno de los personajes más tétricos y pérfidos que he visto nunca en el cine, los repudia desde un principio y termina por convencer al marido de que son una carga y ha de hacerlos desaparecer.
La cinta es descarnada y dolorosa, duele ver como un padre olvida su labor como tal y lleva a cabo una tarea tan aterradora. Desasosiego, tensión y rabia contenida es lo que he sentido durante todo el metraje, que se desarrolla enteramente dentro de una atmósfera oscura y claustrofóbica. Esta película me ha impresionado profundamente, a destacar un par de escenas que ponen los pelos de punta, cuando la veas las reconoceras en seguida.
Técnicamente la cinta posee el espíritu propio de los 70, representado en este caso por un uso del zoom abusivo, que abre y cierra plano sin ningún pudor, pero que le dota de un poderoso encanto.
La actuación de los niños es sobrecogedora, sobre todo la del mayor, que acapara toda la atención del film.
Mención especial para la gran banda sonora, intensa y perfecta para un film de estas características, en ocasiones parece que hubiera inspirado al mismísimo John Williams.
El hijo único
Sinopsis
Una campesina se esfuerza al máximo para que su hijo pueda recibir en Tokio una buena educación. Algunos años después, lo va a visitar, dando por supuesto que será feliz y tendrá una buena posición social. Pero, nada más llegar, se encuentra con la triste realidad: su hijo, que está casado, es profesor de la escuela nocturna y vive sumido en la miseria.
(Yasujirō Ozu, 1936)
Posición en rankings FA
41 Mejores películas de los años 30
La película me parece una fiel representación del sino japonés. Ozu tiene la capacidad de no filmar una película sino retratar la historia de unas personas reales, que efectivamente vivieron lo que vivieron y él estaba ahí para filmarlo.
Maravilloso guión, historia y actuaciones.
LA BALADA DE NARAYAMA
Género
Drama | Vejez / Madurez. Pobreza. Vida rural. Japón feudal
Sinopsis
Esta es la historia de un remoto lugar situado al pie de una imponente montaña, cuyos habitante de manera inexplicable no consiguen superar los 70 años de vida. Granny, a punto de cumplir esa edad, espera contenta que llegue el momento de su muerte. Sólo su hijo Tatsuehi luchará para que pueda superar ese cumpleaños con vida. En 1983, Shohei Imamura dirigió un remake, que ganó entre otros premios la Palma de Oro en el festival de Cannes.
(Keisuke Kinoshita, 1958)
CRITICAS
Desde tiempos inmemoriales han existido tradiciones que han dictado cómo afrontar la etapa final de la vida. Para los vikingos, era un honor abandonar este mundo en la batalla, así como su salvoconducto para verse cara a cara con sus dioses. Los samuráis se daban muerte voluntaria si deshonraban su espada, o si dejaban de servirla con honor. Los esquimales, cuando ya eran demasiado viejos para ser útiles, se marchaban por su propio pie para recibir en los hielos el abrazo del frío mortal.
En Japón, había pueblos que conducían a sus ancianos de setenta años a la cima de una montaña, donde se creía que moraban las divinidades, y los abandonaban a su suerte.
Parece que unas cuantas culturas adoptaban la decisión de no esperar a la muerte, sino de salirle al paso. Fallecer de forma natural en la ancianidad debía de asemejarse a una profanación, un acto de cobardía, y una vergüenza capaz de despertar las iras divinas y de hacer caer en desgracia a una familia.
En esos pueblos marcados por un calendario de fatigoso trabajo, calamidades esporádicas y épocas de escasez, la utilidad de cada miembro de la familia debía de ser crucial y, cada boca que alimentar, un quebradero cuando el arroz no abundaba en los campos ni en las ollas. Si reflexionamos sobre la ruda vida de esas gentes, ligada a la áspera tierra, a las estaciones, a las bonanzas y a las dificultades, no es de extrañar que los mayores comenzaran a sentir que estorbaban en el devenir de la cotidianeidad. Que sus estómagos robaban las raciones de los jóvenes, y que sus viejos huesos encorvados servían ya para poco. Ya iban sintiendo la llamada del Más Allá, de los Dioses de los Muertos que habitaban en la cumbre del Narayama.
El trámite hacia la eternidad (o hacia la nada) voluntariamente aceptada era traumático para los parientes que amaban a esa persona que les había dado el ser y los había cuidado. Pero no todos los ancianos asumían su destino con valentía. Algunos se resistían, aterrorizados, y si persistían en su cobardía y postergaban demasiado el ascenso a la montaña, creaban un serio dilema.
Pero, con dilema o sin él, tendría que ser terrible, para los padres y los descendientes, hacerse a la idea de que el final se aproximaba. Porque, además, ellos sabían exactamente cuándo debían entregarse al viaje sin retorno. Tenían ya preestablecida su fecha límite. Saber de antemano cuándo uno va a morir tiene que ser una pesada carga. Pero, de alguna manera que quizás los occidentales no lleguemos a comprender, ellos poseían un valor que nos es desconocido. Puede resultar cruel esa costumbre a nuestros ojos acostumbrados a otro filtro radicalmente distinto.
Pero quizás para ellos era el mayor gesto de amor hacia los demás. Retirarse de la circulación dignamente, por sus propios medios, y dejar paso a las siguientes generaciones… Tal vez no concebían actuar de otra forma, porque no entregarse gustoso al suicidio podía atraer malos presagios, y un estigma capaz de manchar toda una estirpe.